21 dic. 2008

Condenada al recuerdo


[...]

Él, pensaba que la quería, pero lo que él no sabía es que aún seguía jugando con ella, que aún la seguía utilizando como un juguete, por lo que fue allí para encontrarse con ella. Le dijo que lo sentía, que no sabía cuán encantadora era para él, que le costó mucho encontrarla, que la necesitaba, que se encontraba alejado de ella. Que le costaba imaginar que es lo que ella pensaba y hacerse las preguntas que ella se debía estar haciendo, pero que lo intentaba...

Fueron de vuelta a casa, haciendo cola debido al atasco de coches que había en la Grand Avenue, y corriendo en círculos. Él llegó a pensar que aquello era un retorno, que volverían a ser lo mismo que llegaron a ser juntos unos años atrás, ella, también estaba muy ilusionada, tan ilusionada que en ese momento no cabía en sí de felicidad, tan emocionada que no quería que nada destrozase ese momento...

Parecía dificil creerlo, pero nadie dijo que fuera fácil...

Llegaron a casa. Entraron. Se fueron directos al dormitorio. Medio bajaron la persiana. Pasaron la cortina. Cerraron la puerta. Echaron el pestillo. Se quitaron la ropa. Se tumbaron en la cama.

"No hables tan fuerte, deja que el tiempo pase lentamente, estamos juntos ahora... siente el silencio con compañía..."

Suspiró. Y rozó su piel y empezaron a suceder cosas que ella siempre había deseado desde hacía tiempo... "Manos que se deslizan, ingrávidas, dibujando historias. Se muerde los labios, siente. El reloj parpadea en la oscuridad, a través de la persiana se filtra la luz. Y baila sobre su cuerpo desnudo... Jadeos, piernas que se enredan, manos que se buscan en un apretón crispado, labios mojados. Besos en el cuello, en los pechos, muerde ese pezón altivo que corta el aire con su presencia. La llena de saliva, le pinta el cuerpo, se inmola con ella en una espiral de calores que manchan de vaho el espejo. Se miran, ambos, enredados -curiosos curiosean lo caótico de su reflejo - y se ríen de todo, de si mismos y de nada, de esa historia de placer que escriben entre las sábanas -raso, seda, escarcha-. Fiebre, y ella grita su nombre. Se contrae, se estira, rueda por la cama. Él la atrapa, juega con ella, la muerde en el muslo. Grita. Y ya no puede más. Se aferra a su cuerpo, a su espalda mojada. Se arquea y gime, la penetra y empuja. Más, más, más, y que no pare nunca, que el sol se perfile en los recovecos de sus cuerpos y haga brillar las gotas de sudor que se condensan. Y, de repente, llega. Brillo de miradas que se enturbian, lenguas enredadas, pieles que, al contacto, estallan. Son de otro mundo, de otra galaxia, y en ese instante crucial, ambos se derraman. Y ella, un segundo después, llora".





Ella lloraba de impotencia, impotencia porque ella ya sabía lo que iba a suceder. Lloraba porque ella de verdad lo amaba.